Cultivando el bienestar: un viaje hacia la felicidad auténtica
La felicidad: un concepto ancestral y su resonancia moderna
La felicidad, una aspiración humana universal, ha sido objeto de reflexión desde la antigüedad. Hoy, en una era donde se la eleva casi a una obligación, el pensamiento de Aristóteles recobra relevancia. Él no la concebía como un estado momentáneo, sino como el propósito supremo de la existencia humana. Este enfoque clásico dialoga con las interpretaciones contemporáneas para desafiar la presión de mostrar constantemente una vida 'feliz', recordándonos que el verdadero gozo se edifica con esfuerzo diario, no se exhibe superficialmente.
La época de la 'felicidad de rendimiento' y sus desafíos
En nuestra sociedad, la felicidad se ha transformado en una meta imperativa. La psicóloga Cristina Acebedo subraya que no experimentarla es percibido como un fracaso personal. En un entorno dominado por la autoexigencia y la inmediatez de las redes sociales, la alegría es constantemente evaluada y exhibida. Acebedo describe esta situación como una 'cultura del rendimiento emocional', donde la presunción es que, si uno no se siente bien, algo está haciendo mal. Esta perspectiva absolutista se extiende a otros ámbitos de la vida, desde la nutrición hasta el bienestar, imponiendo normas rígidas y creando expectativas inalcanzables.
Aristóteles y la esencia de la eudaimonía
La comprensión de la felicidad de Aristóteles trascendía la gratificación inmediata y los planteamientos simplistas. En su obra 'Ética a Nicómaco', el filósofo introdujo el concepto de eudaimonía, que abarca 'vivir bien' y, fundamentalmente, 'actuar correctamente'. Para él, la felicidad no era un bien a poseer, sino una práctica constante. La eudaimonía implica cultivar las virtudes, potenciar las mejores cualidades personales y hallar sentido en las actividades cotidianas. Esta perspectiva se alinea con pensadores modernos como Fernando Savater, quien enfatiza un 'vivir bien' basado en la coherencia y la ética, más allá del bienestar superficial. Hoy, la propuesta aristotélica es más relevante que nunca: la felicidad no es una meta final, sino una forma de interactuar con el mundo, una práctica que une propósito y aprendizaje, sirviendo de antídoto contra la presión constante de estar siempre alegre.
La brecha entre la expectativa y la realidad de la felicidad
Con frecuencia, se observa una desconexión entre la percepción idealizada de la felicidad y su vivencia real. En el ámbito de la consulta psicológica, la felicidad suele vincularse a la ausencia de malestar, al éxito visible (profesional, social, físico y familiar), a la validación externa (como la que se busca en las redes sociales) y a una intensidad emocional ininterrumpida. Detrás de estas asociaciones, subyace la creencia de que realizar lo 'correcto' debería garantizar un estado de bienestar constante. Sin embargo, esta concepción es desmentida por la realidad, generando intolerancia a la frustración y haciendo que la tristeza, el aburrimiento, los conflictos y los episodios de anhedonia sean percibidos como fracasos personales. A pesar de ello, emerge una esperanza: una generación más consciente de sus emociones, más abierta a la salud mental, pero a la vez, más exigente consigo misma en la búsqueda del bienestar.
La felicidad como una habilidad cultivable
Aristóteles planteó la interrogante sobre si la felicidad podría ser aprendida, convertida en hábito o incluso ejercitada. La respuesta contemporánea, desde la psicología, es afirmativa: el aprendizaje nos dota de herramientas para gestionar la frustración, aceptar los errores, reevaluar nuestras convicciones y despojarnos de versiones pasadas de nosotros mismos. Aquellos que extraen lecciones de sus vivencias, incluso las más dolorosas, desarrollan una mayor resiliencia y un profundo sentido de coherencia vital. La actriz Toni Acosta lo expresa con elocuencia al señalar que los anhelos no se cumplen por sí solos, sino que requieren estudio, esfuerzo, dedicación y trabajo arduo. Es en ese camino de dedicación y persistencia donde, en última instancia, reside la verdadera felicidad.
Hábitos diarios para una existencia más placentera
Lourdes Ramón, especialista en bienestar, ofrece pautas prácticas para cultivar la felicidad. Destaca la importancia del autocuidado, una gestión emocional saludable y la creación de momentos de quietud para conectar con nuestras necesidades y deseos más profundos. Un ejemplo sencillo es levantarse media hora antes para dedicarse un espacio de calma personal. Asimismo, es crucial aprender a establecer límites, delegar tareas y priorizar lo esencial, dejando atrás la culpa asociada al placer. El contacto con la naturaleza es fundamental, ya que sus efectos ansiolíticos y la producción de endorfinas promueven un estado de calma. Mantenerse activo con ejercicio placentero contribuye al bienestar físico y mental. La alimentación juega un papel clave: una dieta rica en triptófano, presente en alimentos como el cacao y los frutos secos, favorece la producción de serotonina, además de que cuidar la microbiota intestinal es esencial para regular el estado de ánimo. Finalmente, compartir tiempo con seres queridos y practicar el silencio interior, ya sea meditando o respirando conscientemente, son gestos poderosos para nutrir el alma y mantener el equilibrio emocional. La clave no reside en actos aislados, sino en la integración de estos hábitos en la rutina diaria, transformando pequeñas acciones en fuentes constantes de bienestar.