Expectativas parentales poco realistas: lo que los niños no pueden ofrecer

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A menudo, la labor de criar a los hijos nos presenta desafíos inesperados y puede conducir a sentimientos de frustración, tanto en los pequeños como en quienes los cuidan. Esta situación puede estar ligada a ideas arraigadas de generaciones pasadas, que veían a los niños como "adultos en miniatura" y les exigían comportamientos que, por su etapa de desarrollo, simplemente no podían cumplir. Aunque hoy contamos con más información y enfoques educativos modernos que se adaptan a las necesidades infantiles, todavía muchas familias mantienen expectativas que no se ajustan a la realidad de sus hijos.

Desmontando mitos: lo que realmente podemos esperar de nuestros hijos

Obediencia instantánea: una expectativa irreal

Durante mucho tiempo, se ha valorado la obediencia rápida y sin preguntas en los niños. Sin embargo, es fundamental comprender que cuando un niño obedece de inmediato, a menudo no lo hace por respeto o madurez, sino por miedo o porque ha desconectado de sus emociones. Para que nuestros hijos nos escuchen y sigan nuestras indicaciones de forma voluntaria, es esencial construir un fuerte vínculo afectivo y de confianza. Cuando se sienten seguros, protegidos y conectados, es mucho más probable que colaboren. En contraste, cuando la obediencia se impone a través del control, se fomenta el miedo y la sumisión. Además, según la edad del niño, es posible que ni siquiera comprenda completamente el mensaje que intentamos transmitir.

Calmar una rabieta: un proceso inmaduro

Todos nacemos con la capacidad de sentir emociones, pero durante los primeros años de vida, nuestro cerebro aún no está preparado para regularlas. En una rabieta, los niños se sienten abrumados por la intensidad de sus emociones. En esos momentos, su sistema nervioso está hiperactivado, lo que les impide razonar o autocontrolarse. Es crucial que acompañemos a nuestros hijos en estas emociones y les enseñemos gradualmente a regularlas. Una vez que la "tormenta" emocional ha pasado, es el momento adecuado para conversar y reflexionar sobre lo ocurrido.

Control de impulsos: una habilidad en desarrollo

El control de los impulsos sigue un patrón similar al de la regulación emocional. Nuestro cerebro continúa desarrollándose hasta bien entrada la veintena, por lo que durante la infancia, las áreas cerebrales responsables de frenar los impulsos aún no están completamente formadas. Actividades como gritar, correr o incluso golpear, muchas veces no son controlables por los niños. Esto no es una falta de voluntad, sino una cuestión de inmadurez neurológica. Si deseamos ver cambios en ciertas conductas, debemos ayudarlos a desarrollar comportamientos deseables de manera calmada y sirviendo como su modelo a seguir. Aunque es importante establecer límites para su seguridad, castigar los impulsos suele ser poco efectivo.

Niños pequeños y la quietud prolongada: una contradicción natural

Aunque muchas familias aspiran a que sus hijos permanezcan sentados por períodos prolongados, como durante las comidas, debemos reconocer que esta es una expectativa poco realista. El movimiento es una necesidad biológica fundamental en la infancia. Lejos de ser un capricho, los niños aprenden y exploran a través del movimiento y el juego. Forzarlos a estar quietos no solo no facilita su aprendizaje, sino que lo obstaculiza. Dado que la capacidad de atención se desarrolla con el tiempo, es vital respetar su necesidad innata de moverse.

La honestidad y el miedo al castigo: un dilema infantil

El vínculo afectivo es esencial para la supervivencia, especialmente en la infancia. Los niños harán cualquier cosa, a menudo de forma inconsciente, para mantener ese vínculo. Si un niño percibe que podría perder el apego, sentirá miedo y podría recurrir a la mentira para proteger esa conexión. Es importante entender que no lo hacen para manipular, sino por temor a decepcionarnos, a ser castigados y, de forma inconsciente, para preservar el vínculo. Debemos construir relaciones donde nuestros hijos se sientan libres de ser ellos mismos, incluso cuando cometen errores. Es crucial transmitirles que nuestro amor y aceptación no dependen de su comportamiento, ya que solo en ese entorno de seguridad podrán ser completamente honestos.

Entender el "porqué" del mal comportamiento: una lógica ausente

Con frecuencia, los adultos esperan que los niños puedan razonar o explicar las causas de su comportamiento. Debemos recordar que cuando experimentan emociones intensas, su acceso a la lógica y la reflexión se ve limitado. Además, en la mayoría de los casos, los niños no saben por qué actúan de cierta manera. Viven las emociones de forma intensa y esto los lleva a actuar, ya que la corteza prefrontal, responsable de la lógica y el autocontrol, aún no está desarrollada en los primeros años de vida. Como se mencionó antes, cuando están bajo el influjo de emociones intensas, debemos acompañarlos y proporcionarles herramientas. Una vez que la emoción ha sido validada y contenida, su intensidad disminuirá. Solo entonces, cuando hayan recuperado la calma, es apropiado intentar razonar con ellos.

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